Magdala

Peregrinación a Magdala

Varios peregrinos, como Egeria, dejaron por escrito la narración de su peregrinación a Tierra Santa y Magdala durante la época bizantina y en los primeros siglos de dominio islámico.

Sin embargo, tan solo tres de ellos mencionan, si bien escuetamente, la ciudad de Magdala.

Un archidiácono alemán llamado Teodosio pasó por Galilea en el s. VI, y con estilo telegráfico anota:  “De Tiberiades hasta Magdala, donde nació María, hay dos millas, y desde Magdala hasta las Siete Fuentes (Tabgha), otras dos”.

Dos siglos más tarde, pasaría también por allí san Willibaldo, de cuya peregrinación la monja Hogeburga de Heidenheim dejó un minucioso relato:

“Desde Tiberiades, (los peregrinos) fueron rodeando el mar, pasaron junto al pueblo de la Magdalena, y llegaron a Cafarnaún”.

Pero la noticia más interesante para nosotros proviene de un monje de Constantinopla llamado Epifanio.

Escribe: “Después de unas dos millas (desde Tabgha), hay una iglesia, en la que está la casa de la Magdalena, en el lugar llamado Magdala, donde el Señor la curó”.

Epifanio, en torno al año 800, es el primero en mencionar una iglesia que conmemora la casa de la Magdalena. ¿Quiere esto decir que la iglesia se construyó tan solo unos pocos años antes? ¿O será más bien que los escuetos relatos de los peregrinos anteriores no les permitieron entrar en detalles para describir una iglesia que ya existía? Dos siglos después un autor anónimo nos dará su respuesta, pero eso lo dejamos para el siguiente episodio.

María de Magdala

Magdala (hoy conocido como Migdal) tiene una enorme riqueza cultural e histórica tanto para los judíos como para los cristianos. Es el lugar de encuentro entre la historia judía y cristiana.

El sitio ha sido identificado como la antigua ciudad de Migdal Nunia (hebreo/arameo) lo cual significa torre de pescado. En griego se conocía también como el nombre de Taricheae que hace alusión a la industria de la salazón del pescado.​

Magdala fue el pueblo más grande en la orilla occidental del Mar de Galilea hasta la fundación de Tiberíades en el año 19 d.C. Las excavaciones arqueológicas han dejado al descubierto una gran parte del área norte de Magdala, perteneciente al siglo primero y localizada​ junto a la propiedad de los Franciscanos.​

Magdala es conocida tradicionalmente en las fuentes cristianas como la patria de María Magdalena.

Su nombre se menciona al menos 12 veces en los Evangelios como una de las mujeres que acompañaban a Jesús y sus discípulos y contribuían con sus propios recursos a su ministerio.

Ella fue una de las mujeres que presenció la crucifixión y posterior sepultura de Cristo.

Fue también la primera en ver a Cristo resucitado, y recibir del Señor la encomienda de llevar la buena nueva de su resurrección a los discípulos reunidos en el Cenáculo.

Fue también la primera en ver a Cristo resucitado, y recibir del Señor la encomienda de llevar la buena nueva de su resurrección a los discípulos reunidos en el Cenáculo.

María la Magdalena

Magdala en la historia

Una generación después, Magdala también fue el lugar de residencia del líder judío Yosef ben Matityahu, conocido posteriormente en la​ historia romana como Flavio Josefo, quien ocupó el cargo de gobernador de Galilea durante el tiempo de la Gran Revuelta Judía​ (66-73 d.C.).

Durante su mandato erigió una barricada de defensa alrededor de la ciudad.

Según sus narraciones durante la Gran Revuelta Judía, Magdala se habría convertido en un lugar de concentración de rebeldes judíos que​ luchaban contra Roma, aunque no todos eran originarios de la ciudad sino provenientes de otros lugares de la región.

En el año 67 d.C. el ejército romano dirigido por Vespasiano sitió la ciudad.

Ésta fue conquistada y muchos de los rebeldes huyeron en embarcaciones a través del Mar de Galilea, otros muchos perecieron en enfrentamientos marítimos con el ejército romano.

Al resto de los habitantes que permanecieron en Magdala los ejecutaron o convirtieron en esclavos.​

Aunque se formaron pequeños asentamientos de gente en la zona, la parte norte de Magdala nunca más fue reconstruida.

Siendo un lugar de encuentro entre la historia judía y cristiana, Magdala tiene un pasado único y un futuro prometedor.​

Vista aérea de Magdala

Fuente: www.magdala.org

Tras los pasos de San Pablo en Grecia

Antes de ir en peregrinación Tras los pasos de San Pablo en Grecia, te invito a leer esta entrada.

¿Quién es San Pablo?

Sin duda, San Pablo es una de las figuras más destacadas de la historia cristiana. Pablo es uno de los eruditos más prominentes en la historia del cristianismo. El Apóstol jugó un papel clave en la difusión de la nueva fe en ese momento y fue misionero en algunos de los centros urbanos más importantes del Imperio Romano. San Pablo también escribió lo que se considera el escrito legal cristiano más antiguo existente, la primera carta a los Tesalonicenses dirigida a la comunidad cristiana en Tesalónica.

En su juventud destacó por su terrible acoso a cristianos, Saulo de Tarso (su nombre judío) nació en 1945. Pablo se convirtió al cristianismo después de vivir una aparición de Jesús. A partir de este evento se convirtió en uno de los defensores más activos y viajó durante 30 años a las ciudades más importantes del Mediterráneo en ese momento, incluidas las ciudades griegas de Filipo, Atenas y Corinto.

Comenzó sus viajes en Grecia

Comenzó su viaje a territorio griego cuando todavía estaba en Anatolia, la actual Turquía, alrededor del año 47 d.C. Allí tuvo una visión de un hombre que le pidió que llevara el Evangelio a la tierra de Macedonia. Pablo desembarcó por primera vez en territorio griego en la antigua Neápolis, hoy Kavala, la ciudad portuaria de Filipo.

Filipo

Fundada durante el siglo 8 aC. como Crénides. Esta ciudad lleva el nombre de Filipo por Filipos II de Macedonia, padre de Alejandro Magno. La primera ciudad de Macedonia visitada por Pablo fue un importante centro comercial y militar en ese momento. Aquí pasaba la Via Egnatia, la calzada romana que conectaba de este a oeste el Imperio Romano. Filipo, entró en la historia porque fue la primera ciudad misionera y la primera comunidad cristiana fundada en Europa, y porque fue el lugar donde Lidia de Tiatira, una comerciante de púrpura, fue bautizada con toda su familia después de celebrar la Eucaristía a lo largo del río Ganguitas, poco después de la presión de un grupo de ciudadanos locales, el Apostol, fue arrestado y encarcelado.

Hoy en día es posible visitar el sitio arqueológico de la ciudad con su anfiteatro, baños, basílica, foro, el lugar donde se celebró la Eucaristía y la prisión donde se encarceló a San Pablo.

Tras los pasos de San Pablo en Grecia
Filipo

Paso por Tesalónica

Después de Filippos, el Apóstol visitará Tesalónica, la capital de la provincia romana de Macedonia, fundada alrededor del año 316.C aC por Casandro, el general Alejandro Magno, en honor a su esposa y hermana del conquistador.

San Pablo predicó durante tres semanas en la Sinagoga de Tesalónica, un importante centro económico y social de la época que recibió la medalla de la ciudad libre después de la Batalla de Filipos en el 42 a.C.

Aunque las palabras del apóstol poco impresionaron a la comunidad judía, logró construir una iglesia antes de que estallara la persecución en su contra, lo que le obligó a huir a Veria.

Tras los pasos de San Pablo en Grecia
Tesalónica

Huída a Veria

Situado, como Filippos, en la Via Egnatia que conecta Constantinopla con Durazza, Veria fue otro enclave destacado durante el siglo I d.C. La antigua Berea, conocida como la Pequeña Jerusalén, fue una importante ciudad portuaria de Macedonia donde el Apóstol se dirigió a la gente en un famoso discurso. En Veria, vale la pena ver tanto las antiguas murallas como sus iglesias bizantinas.

Tribuna de San Pablo en Berea.

Llegada a Atenas

Los viajes de San Pablo lo llevaron a Atenas, una de las ciudades más importantes de la antigüedad y cuna de la civilización occidental moderna.

Aunque fue muy dañada por las incursiones romanas en el 146 a. C. Y habiendo perdido su influencia política, Atenas seguía siendo considerada la capital de la cultura y el conocimiento, donde se reunían los intelectuales de la época.

San Pablo visitó la ciudad y presentó una nueva doctrina a los atenienses, pero la mayoría de ellos rechazó al “dios desconocido” a quien, según San Pablo, ya adoraban.

Tras los pasos de San Pablo en Grecia
Atenas

Corinto

Tras el rechazo de los intelectuales atenienses, el Apóstol fue a Corinto, una colonia romana viva.

Situada en una zona estratégica entre el Peloponeso y el centro de Grecia, esta ciudad cosmopolita era entonces más rica, pero menos culta que Atenas.

Corinto aceptó mejor la nueva creencia y San Pablo permaneció aquí durante 18 meses, desde donde escribió y envió su primera epístola a los tesalonicenses.

Puerto de intensa actividad comercial durante la antigüedad, la mayoría de los restos conservados de la antigua Corinto datan de la época romana como el ágora, el odeón romano, la calle Lequeo, que conectaba el puerto con el ágora y los restos de varias fuentes como la de Pirene.

Solo las siete columnas del Templo de Apolo siguen en pie del período clásico, construido en el siglo V a. C. También puedes ver los restos de algunas catedrales de la era bizantina y mezquitas otomanas.

Tras los pasos de San Pablo en Grecia
Sitio arqueológico de Corinto

Un detalle: Corinto es famoso por sus pasas. ¡Asegúrese de probar este auténtico manjar de la región corintia!

La peregrinación a Tierra Santa

La peregrinación a Tierra Santa

La peregrinación es muy practicada en la religiones y culturas, y tiene la finalidad de que el peregrino entreen contacto con lo sagrado. En la actualidad, este acto se ha convertido en un fenómeno prácticamente universal en muchas religiones.

La Tierra Santa es un territorio en el cual han sucedido escenas bíblicas del Antiguo y Nuevo Testamento, conociéndose como la Tierra prometida de Dios.

El territorio geográfico de la Tierra Santa obtuvo su nombre, gracias a que entraba en el “plan divino de la salvación”.

En este caso, la Tierra Santa está ubicada principalmente en Asia Menor, destacando las tierras de Israel y Palestina, en especial por estar relacionadas con la vida y existencia de Jesucristo.

Además de la peregrinación a Tierra Santa, también existe la peregrinación hacia Roma y Santiago, lugares en donde están los sepulcros de los apóstoles de Cristo. A diferencia de la peregrinación a Asia, el suelo europeo es un territorio exclusivamente cristiano.

La primera gran peregrinación a Tierra Santa se realizó en el año 638 por Santa Elena, y ya para esta fecha la región fue conquistada por los musulmanes. Gracias a esta peregrinación, se llegó a un acuerdo que facilitó la entrada a los peregrinos cristianos.

Luego, para el año 1118 o 1119, fue creada la Orden Templaría para proteger a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa, debido a los peligros que existían en esta época.

Actualmente, se mantiene la peregrinación a Tierra Santa, y a la cual asisten una gran cantidad de personas cristianas durante el año.

Esta peregrinación permite conocer la vida de Cristo, visitar los lugares más importantes de cada lugar a recorrer y poder entrar en contacto con la divinidad de la Tierra Santa.

La peregrinación a Tierra Santa
Camino del Domingo de Ramos (Jerusalén).

Importancia de la peregrinación a Tierra Santa

La peregrinación a Tierra Santa se realizó en tiempos antiguos y tuvo una gran influencia para los creyentes de Dios en todo el mundo, siendo tanto su impacto que al día de hoy este evento se sigue realizando.

Esta peregrinación tiene mucha importancia para las personas cristianas, porque permite conocer todos los sucesos bíblicos que han ocurrido a lo largo del tiempo, además de conocer los lugares sagrados de la Tierra Santa y acercarse más a Dios.

En la actualidad, muchas personas de todo el mundo realizan la peregrinación a Tierra Santa, viajando a diversos sitios que tienen connotaciones religiosas muy importantes.

Los grupos de creyentes que asisten a esta peregrinación, lo hacen sobre todo para aumentar su fe por Dios o conocer más sobre diversos acontecimientos religiosos.

¿Por qué hacer una peregrinación a Tierra Santa?

La peregrinación para los creyentes es uno de los actos más importantes que existen, ya que permite conocer más sobre la vida de Dios y los acontecimientos religiosos que sucedieron en la Tierra.

Sin duda, es un acto devoto para la religión e ideal para llenarnos de gracia con todo lo que puede ofrecernos la Tierra Santa.

Como ya comentamos, al realizar una peregrinación a Tierra Santa, las personas pueden entrar en contacto con lo divino y tener una mayor fe en Dios, y en todo lo que nos tiene preparado a futuro.

Además, al visitar los lugares sagrados de cada zona, podemos aprender mucho sobre la historia, enseñanzas y poesías, incrementando nuestros conocimientos sobre el mundo y la religión.

Adicionalmente, si participas en la peregrinación a Tierra Santa, podrás mejorar como persona y tratar al prójimo como se lo merece. Al ayudarnos entre todos, ¡podemos hacer del mundo el lugar ideal!

La peregrinación a Tierra Santa
Entrada a la Basílica del Santo Sepulcro

Países que la conforman

A lo largo del tiempo, han sucedido muchos acontecimientos bíblicos en distintas partes del mundo, por lo que existen varias zonas geográficas que conforman a la Tierra Santa:

  • Israel y Palestina: comprenden algunos territorios considerados como la “Tierra Santa” por las tres religiones monoteístas (cristianos, judíos y musulmanes).
  • Egipto: es el país donde estuvo el Pueblo elegido y el surgimiento del monaquismo cristiano.
  • Irak: cuenta con muchos sucesos bíblicos y fue la tierra natal de Abraham.
  • Siria: fue donde se refugió el profeta Elías en Serapta. Además, esta fue la tierra de la conversión de Pablo de Tarso y tuvo una de las primeras iglesias en todo el mundo.
  • Turquía, Grecia y Creta: conforman la antigua civilización griega y fundaron una de las primeras iglesias llamada Antioquía.
  • Roma y Santiago: destacan principalmente por el sepulcro de los apóstoles y por la pasión hacia Cristo.

Zonas destacadas

La Tierra Santa abarca un amplio territorio, pero cuenta con una serie de regiones que son las más importante y destacadas. Estas son:

  • Jerusalén: se conoce como la Ciudad Santa por las tres religiones monoteístas: judía, cristiana y musulmana. Es considerado como uno de los sitios más importantes en el mundo, ya que dio nacimiento a la religión, siendo una ciudad filosófica, histórica y poética.
  • Belén: es el lugar que más visitan los misioneros, por ser la ciudad donde nació Jesús y el rey David.
  • Nazaret: es el sitio donde creció y vivió Jesús.
  • El Monte Sinaí: es el sitio donde Moisés tuvo la revelación divina.
  • El Río Jordán: destaca por sus grandes sucesos bíblicos.
  • Mar de Galilea: aquí se eligieron a los apóstoles y sucedieron los primeros acontecimientos de la vida pública de Jesús.
  • Desierto de Judea: de igual manera al río Jordán, tuvo lugar muchos acontecimientos bíblicos, personajes, batallas, manifestaciones divinas, profecías y más.
  • Iglesia del Santo Sepulcro: es la zona más venerada porque este es el lugar de la crucifixión, entierro y resurrección de Cristo. Además, incluye 6 estaciones de la Cruz.
  • Monte de los Olivos: cuenta con vistas impresionantes a diversos lugares muy importantes, como la ciudad de David, Monte del Templo, Monte Sion y más. Además, se puede observar la casa Lázaro, María y Marta, y también se puede entrar a la tumba del resucitado.

Si eres un creyente cristiano, la peregrinación a Tierra Santa es un acto que no te puedes perder, porque es el sitio ideal para conocer más sobre nuestro Señor y todas las enseñanzas que nos dejó.

Además, al tener contacto con la Tierra Santa, sentirás su toque divino y te hará vivir una experiencia única y muy gratificante.

Artabán – el cuarto Rey Mago.

Artabán, el cuarto Rey Mago.

Cuenta una piadosa tradición que había un cuarto Rey Mago, llamado Artabán, que también vio brillar la estrella sobre Belén y decidió seguirla. Como regalo quiso ofrecerle al Niño un cofre lleno de perlas y piedras preciosas.  Sin embargo, en su camino se fue encontrando con diversas personas que le iban solicitando su ayuda. Artabán las atendía con alegría y diligencia, y como no podía hacer otra cosa, iba dejándoles una perla o una gema a cada uno.

Pero eso fue retrasando su viaje y vaciando su cofre.  Encontró muchos pobres, enfermos, encarcelados y miserables en el camino, y sentía que aunque su misión era importante, no podía dejar a aquellas gentes desatendidas. Así es que, se quedaba con ellos el tiempo necesario para aliviarles sus penas, para luego continuar su marcha, que nuevamente era interrumpida por otro desvalido.  

Sucedió que con tantos retrasos, cuando por fin llegó a Belén, ya no estaban los otros Magos y la familia del Niño había huido hacia Egipto, pues el Rey Herodes quería matarlo. El Rey Mago no se dio por vencido y siguió buscándolo, aunque ya sin la estrella que antes lo guiara. Buscó y buscó y buscó… y dicen que estuvo más de treinta años recorriendo la tierra, buscando al Niño aunque sin dejar de ayudar a los necesitados.

Hasta que un día llegó a Jerusalén, justo en el momento que una turba  enfurecida pedía la muerte de un pobre hombre. Mirándolo, reconoció en sus ojos algo familiar.  Entre el dolor, la sangre y el sufrimiento, pudo ver en aquellos ojos el brillo inmaculado de la estrella con la que años atrás inició su camino, y entonces comprendió que aquel miserable que estaba siendo ajusticiado, era el Niño que durante tanto tiempo había buscado.  

La tristeza y la desesperanza llenaron su corazón, ya viejo y cansado por el tiempo y las fatigas. Aunque aún guardaba una perla en su bolsa, era demasiado tarde para ofrecérsela al Niño que ahora, convertido en hombre, colgaba de una Cruz. Sentía que había fallado en su misión. Y sin tener ahora otro lugar donde ir, se quedó en Jerusalén a esperar que llegara su hora. 

Apenas habían pasado tres días de aquel suceso cuando de repente, una luz aún más brillante que mil estrellas llenó su habitación. ¡Era el Resucitado que venía a su encuentro! El Rey Mago, cayendo de rodillas ante Él, tomó la perla que le quedaba en la bolsa y extendió su vieja mano mientras hacía una temerosa reverencia. 

Jesús la tomó tiernamente y dicen que le dijo: “Alégrate Artabán, pues tu misión no fracasó. Al contrario, me acompañaste durante toda tu vida. Estaba desnudo, y me vestiste. Tuve hambre, y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estuve preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres que tú atendiste en tu camino.  ¡Te doy las gracias por tu presente, pero sobre todo, por tantos regalos de amor como me hiciste! Alégrate pues a partir de ahora, estarás para siempre conmigo, pues el Cielo eterno es tu recompensa.”

Los Reyes Magos

LOS REYES MAGOS

¿Existieron? ¿Fueron 3? ¿Eran reyes?

Los Reyes Magos de Oriente, Los Tres Reyes Magos o más comúnmente Los Reyes Magos. En este artículo trataremos de dar un poco de luz a preguntas que me han hecho algunos peregrinos al viajar a Tierra Santa. Llegando a Belén se preguntan (y yo también me preguntaba): ¿Realmente existieron los Reyes Magos?, ¿Eran magos?, ¿Fueron tres?, ¿Eran reyes?…

Empezaremos por aclarar el término «magos»

El término mago proviene del persa antiguo magi por mediación del griego μάγος y finalmente del latín magus. El sentido original de la palabra Mago se refería a los integrantes de una tribu de Media y luego a los sacerdotes persas. Ya en el siglo I fueron reconocidos como hombres sabios y científicos. Los personajes llegados de Oriente y mencionados en la Biblia (Mateo 2,1-12) eran magos en el sentido original del término, esto es, sacerdotes persas.

Entonces, podríamos decir que realmente eran sacerdotes persas, al menos hombres reconocidos como sabios y científicos.

¿Que dice la Biblia?

Si acudimos a los evangelios canónicos, solo el Evangelio de Mateo habla de estos «magos», pero no nos dice ni sus nombres, ni si eran reyes y tampoco si fueron tres.

Veamos:

Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»

En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.

Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.

Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:

  • Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.

Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.

Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.

Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. 

(Mt 2, 1-12)

Mateo no especifica que sean astrólogos que conocieran con precisión el movimiento de alguna estrella a pesar de ser ésta la creencia general. Aunque bien intencionados, su visita al rey Herodes es causa de alteración general y despierta su desconfianza, pues veía al nuevo Mesías como un posible rival. A pesar de ser anciano y de haber reinado ya por más de treinta años, Herodes les ruega que averigüen el sitio preciso del nacimiento del Mesías con el fin de poder, así, acabar con su potencial competidor. Los magos (sabios), que no sospechan eso, encuentran al Niño, lo adoran y obsequian oro, incienso y mirra.

Un ángel previene a los magos de las intenciones que Herodes guardaba, así que no regresan donde él. Lleno de ira, el rey manda a matar a todos los niños menores de dos años. Para entonces, José ha sido avisado en sueños de que debe huir a Egipto con los suyos.

¿Eran reyes? ¿Fueron tres?

Fue en el siglo III d. C. cuando se estableció que pudieran ser reyes, ya que, hasta entonces, por sus regalos y las iconografías que los representaban, tan solo se consideraba que eran personas pudientes. También fue en ese siglo cuando se estableció su número en tres, uno por regalo, ya que hasta entonces había dibujos con dos, tres o cuatro magos, e incluso la Iglesia ortodoxa siria y la Iglesia apostólica armenia aseguraban que eran doce, como los apóstoles y las doce tribus de Israel.  

Los nombres actuales de los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen por primera vez en el conocido mosaico de San Apolinar el Nuevo (Rávena) que data del siglo VI d. C., en el que se distingue a los tres magos ataviados al modo persa con sus nombres escritos encima y representando distintas edades. Se dice que representan las tres edades del hombre y las tres razas o pueblos llamados a la fe cristiana (S.XIV): Melchor a Europa (un anciano de raza blanca), Gaspar a Asia (adulto de rasgos orientales) y Baltasar a África (joven y negro).

Los Reyes Magos en Iglesia de San Apolinar el Nuevo (Ravena)

Los Reyes Magos en la actualidad.

En España a partir del siglo XIX se inició la tradición de convertir la noche de Reyes (noche anterior a la Epifanía) en una fiesta infantil con regalos para los niños, a imitación de lo que se hacía en otros países el día de Navidad, en homenaje al santo oriental San Nicolás. Fue en 1866 cuando se celebró la primera cabalgata de Reyes Magos en Alcoy, tradición que se extendió al resto del país y posteriormente a otros países, especialmente a países de cultura hispana.

Hoy en día sabemos que, probablemente, los restos de Los Tres Reyes Magos descansan en un majestuoso relicario en la catedral de Colonia. ¿Son realmente los huesos de los Magos? De esto hablaremos en un próximo artículo…

El significado y el valor del Belén

El significado y el valor del Belén

Nacimiento

Que hermoso signo es el pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración.  La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. 

La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas…

Origen del Belén.

Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

Confirmamos, ante todo, en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén, El origen del pesebre. Lucas, el evangelista, dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7).

Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium. Viniendo a este mundo el Hijo de Dios encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4).

En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

San Francisco de Asís.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén.

Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo:

«Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. 

25 de Diciembre.

El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado.

Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2]. Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

Tomás de Celano, el primer biógrafo de san Francisco, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3]. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo.

Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

El valor del Belén.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?. En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. Don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros.

Nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado. La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén.

Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

Los signos del Belén.

Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. Representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas.

Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré?. Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre.

Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Los paisajes.

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia.

Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz.  Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido.

Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías.

Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

Los últimos.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece.

Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro.  Con este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto.

De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros. Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello.

El Belén.

Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura.

En el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado. Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos.

Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan. Todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

María.

Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total.

Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él.

Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

José

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). 

Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

El Niño Jesús.

El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas. «La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación.

El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo. El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros.

Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

Los Reyes Magos.

Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor. Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo.

Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes.

Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

El Belén habla del amor de Dios.

Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia.

No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida.  En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad.

Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

FRANCISCO

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

El desierto, un buen lugar para rezar

El desierto, un buen lugar para rezar

Viajar a Tierra Santa
Desierto en Israel

Vamos a hablar del desierto como lugar físico para el encuentro con el Señor, en otra ocasión ya hablaremos de desierto como lugar espiritual, etapa de silencio de Dios, de sufrimiento…

Si partimos de la definición de peregrinación que hizo en su día S.S Benedicto XVI:

“Peregrinar significa ir al encuentro de Dios, allí donde Él se ha manifestado”.

Un lugar donde Dios se ha manifestado desde los inicios es el desierto. Por ejemplo, en la huida del pueblo de Israel tras el éxodo de Egipto a la Tierra Prometida. Es en esa travesía por el desierto donde nace como pueblo de Dios.

Viajar a Tierra Santa
Pirámides de Giza

El profeta Oseas nos lo dice así:

“Por eso voy a seducirla, voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón. Allí le daré sus viñas, convertiré el valle de Acor en puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto”. (Os 2, 16-17).

Y en otro versículo nos dice:

Yo te conocí en el desierto, en la tierra ardiente”. (Os 13, 5).

Parece, el desierto, un buen lugar para rezar, para el encuentro personal con Dios, allí nos conoce y nos habla al corazón.

Tierra Santa

Es por esto que en las peregrinaciones, en particular a Tierra Santa, animo a los peregrinos a experimentar el desierto. La soledad y el silencio que te brinda el desierto lo convierte en un buen sitio para la oración. Ya sea en los alrededores del mar de Galilea, o en mi lugar favorito: Wadi Qelt. Allí podemos contemplar una vista fabulosa del Monasterio de San Jorge de Coziba. Una serie de pasajes bíblicos podrían aludir a Wadi Qelt, por ejemplo, la huida de David de Absalón, la huida de Sedecías de los babilonios, la historia del buen samaritano y los viajes que Jesús realizó entre Jericó y Jerusalén.

Monasterio de San Jorge de Coziba

Tenemos la idea de desierto únicamente como un mar de dunas, sin vegetación ni agua, pues nada más lejos de la realidad. El término en hebreo más común para referirse al páramo por el que predicó San Juan Bautista o el desierto donde fue tentado nuestro Señor, es “midbar”. Esta palabra hebrea significa “apacentar” o “pastoreo”. Por tanto, cuando en la biblia se habla de este lugar (midbar) se refiere a extensiones donde se pastoreaban rebaños. No eran zonas desprovistas de vegetación o agua. Esto hace que la idea de paisaje donde vivió Jesús tenga otra dimensión, ¿verdad?.

Viajar a Tierra Santa
Midbar o en Galilea

Visitar Tierra Santa te da la oportunidad de conocer más sobre la vida de Jesús, su día a día, la realidad de aquellos tiempos.

He tenido la gran suerte de experimentar el desierto a través de las peregrinaciones. Disfrutar de un rato de silencio para la oración personal en Egipto, Jordania y Tierra Santa. Este momento de desierto puede ayudarte a entrar en la peregrinación o profundizar en ella. Una ayuda para tu renovación interior, una experiencia que seguro no te dejará indiferente